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Miércoles, 19 de julio de 2000 EL MUNDO periodico


VITORIA/Festival de Jazz
A Dios rogando...

Liz McComb utiliza, en concierto, todo su arsenal interpretativo

ALVARO FEITO

LIZ McCOMB

(**)

Polideportivo de Mendizorroza.

17 de julio.

Dotada de una poderosa y cálida voz de registros variables, desde los más graves hasta los más agudos, Liz McComb utiliza todo su arsenal interpretativo para dar gracias a Dios y avisarnos de los peligros del Maligno. En este sentido, la música gospel afroamericana no se distancia mucho de la musulmana, de la tibetana o de la mística europea medieval, todas ellas tocadas por la gracia del Más Allá, a cuyo honor y gloria se destina en primera y casi única instancia.

Hija de un pastor protestante de la iglesia de Pentecostés, de Cleveland, Ohio, Liz McComb pudo haber sido una nueva Aretha Franklin, si acaso su sentido del deber militante no se lo hubiera impedido: el pop y el funk son vehículos demasiado frívolos y seculares como para perder el tiempo en ellos. En realidad, el gospel de esta vocalista es una forma más de rezar y de hacer proselitismo divino sobre un escenario. Sólo que a muchos de sus oyentes les basta y les sobra con su mensaje simplemente estético, con su contagioso empalago y con su participación cómplice.

Pero si el arte de McComb fue indiscutible en su entrega total y fervorosa, el de sus músicos acompañantes dejó bastante que desear. El voluminoso batería Sam Kelly demostró que no estaba llamado por Dios para estos menesteres: su toque fue ramplón, vulgar, unidimensional, carente de ingenio y de recursos técnicos. El bajista Byron Moore mostró mejores maneras, pero sin realizar alardes en ningún momento. Y el organista Butch Heyward, en el instrumento de mayor feeling en esta sonoridad, pasó bastante desapercibido. Fue un mero colchón para las habilidades vocales de Liz.

Lo mejor del repertorio estuvo al comienzo: un a capella llamado Sit down Servant, sobre melodía tradicional, que McComb cantó con emoción suprema, a veces dejando el microfóno de la amplificación a un lado, demostrando que su tesitura y potencia vocales son de primer orden. Más tarde, su set se decantó excesivamente por el martilleante estribillo (un don't say yeah... reiterado hasta la saciedad) o por la previsible llamada-respuesta, donde el coro de fieles sigue, mansamente, los pasos, las invocaciones y recriminaciones del oficiante. Con todo, Liz McComb en piezas tan clásicas como The man upstairs, Fire y Motherless child demostró también tener los pies en la sociedad terrenal: más cercana, más humana.


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